Nuestra Historia:

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COFRADÍAS 

Las existencia de cofradías en Quintanar de la Sierra se remonta a tiempo inmemorial.

En la actualidad existen tres en la localidad:

Al frente de cada una de ellas se encuentran el prior y los mayordomos, representando a cada una de ellas en las diferentes procesiones y festividades religiosas. Así mismo custodian los jarrones de vino, libros de cuentas, hacha funerarias, etc. durante el año que dura su mandato.

Una vez al año, el día de la Virgen del Rosario, se celebra el "votovilla", reunión de las diferentes cofradías con sus respectivos priores y mayordomos en la casa del prior del año en curso, para la renovación de cargos

 

LA CABAÑA DE CARRETEROS 

La Cabaña de Carreteros de Quintanar de la Sierra, nació hace unos años, con la intención de conservar una tradición que corría grave peligro de desaparición.

Su origen, data de la época de los Reyes Católicos, los cuales crearon por Real Cédula de 1.497, LA CABAÑA REAL DE CARRETEROS, que con anterioridad ya fue capital de la Hermandad de Burgos-Soria. Ellos recorrieron casi toda España llevando de un sitio a otro, con sus carromatos y reatas de mulas de sonantes campanillas, los productos más variados y aprovisionando las más importantes ciudades españolas. Transportaron a los puertos cantabros las carretas cargadas con las lanas merinas con destino a Inglaterra y Flandes. Incluso Madrid tuvo serios problemas de abastecimiento; lo que fue resuelto eficientemente por los carreteros de la Cabaña Real. En agradecimiento, su Majestad, D. Felipe III les concedió numerosos privilegios y exenciones contributivas.

En la actualidad, Cándido Blanco Lozano, su presidente, encabeza, las rutas organizadas por esta formación. La primera que se hizo, fue a Madrid, coincidiendo con la trashumancia. Hasta allí fueron, bueyes, carreteros, y cinco autobuses de quintanaros y vecinos de pueblos de alrededor, que les acompañaron en la hazaña. Desde entonces, las actividades de la Cabaña, siguen dando vida a la tradición.

Este era el recorrido habitual: las carretas, tiradas por seis mulas y conducidas por expertos arrieros, bajaban de las sierras de Urbión o La Demanda y solían hacer su ruta con tres carretas, dos cargadas de madera y la tercera con gamellas, taburetes, ruedas para carros…; completaban la carga pellejos vacíos. Para realizar el viaje de subida a la Sierra con las carretas cargadas: pellejos llenos de vino, pan y harina. Llegaban a Aranda el día de mercado; después se dirigían por el camino viejo de Revilla hasta Quintana donde cargaban las carretas. De Burgos bajaban, quincenalmente, dos carretas con cargas diversas para Aranda, habitualmente hierros de Vitoria, bacalao curado en Terranova y escabeches, besugo, congrio y sardina de San Vicente de la Barquera y Castro Urdiales, para las pescaderías arandinas.
Pero mejor, escuchamos al poeta:

Recuerdo yo que de niño siendo un zagal y en la escuela, fui con mi padre de viaje de viaje a vender madera.

Esta carreta serrana la que hay y hubo en la Sierra, mi padre y yo cargamos de ripia, tablas, varas y otras maderas.

En verano yo recuerdo cuando yo no tenía escuela, fue cuando le acompañé a mi padre y su carreta.

Salimos muy de mañana, sobre las seis, creo que era, yo caminaba delante delante de la carreta.

Era una yunta de bueyes de las buenas en la Sierra, uno se llamaba Alegre y otro el Brillante era.

La vara que yo llevaba era verde y con corteza, donde talle los nombres, pueblos que anduve con ella.

Salimos de Quintanar, de Quintanar de la Sierra y pasamos por Palacios por Castrillo de la Reina.

Por Salas de los Infantes y a dormir a Barbadillo, junto a los bueyes y al lado de la carreta.

Hortigüela y Cascajares y a desayunar a Cuevas, a Cuevas de San Clemente donde allí oí una escena.

Un hombre se había ahorcado de una rama no muy gruesa y aprovecho para hacerlo de sus zapatos, las cuerdas.

Qué pocos coches había, qué limpia la carretera, yo me sentía un Ángel con mi padre y su carreta.

A comer a Mecerreyes una comida muy buena, fueran patatas con carne en una buena taberna.

Allí empezó a vender mi padre allí sus maderas, y por caminos de carros a Torrecilla nos lleva.

Allí también dormimos al lado de la carreta, al lado de nuestros bueyes, qué compañía tan buena.

El colchón era de paja, de la paja de la era, y una manta que cubría esos cuerpos que Dios vela.

Y contemplar a la luna el cielo lleno de estrellas, y pensar que Dios la hizo para dormir bajo de ellas.

No hay dormitorio mejor ni una cama mejor hecha que el dormir y respirar, prueba dormir en la era.

Las gentes no eran ricas y no tenían muchas perras, así que todo cambiado el trigo por maderas, por los yeros y cebada y por la paja en la era.

En Torrecilla cargamos hasta el tope la carreta, y en Mecerreyes la paja y de vuelta a la Sierra.

Qué contentos van los bueyes de vuelta ya a la Sierra, pero más contento va quien a sus hijos pan lleva.

Florencio Chicote fue el dueño de esta carreta.

Juan Vidal Chicote Bartolomé

 HORNOS  DE  PEZ    (descargar archivo Word 8 Kb)

Tanto como la actividad maderera y ganadera, posiblemente, en épocas pudo ser tan importante o más la pezguera. Extraer de las entrañas de la tierra las raíces de los pinos puede parecernos ahora una locura, pero en las épocas de la Marina no había otra forma de obtener el alquitrán para impermeabilizar la madera de los barcos. Además, la pez del pino albar era de primerísima calidad. Tanto es así  que El Rey Carlos IV creó en Quintanar una Real Fábrica de Betunes.

Las consecuencias para la regeneración de nuestro monte fueron importantísimas, pues al excavar cientos de miles de toconas de pinos se facilitaba el arraigo de la piña y el nacimiento de nuevos árboles. La profusión de hornos del monte La Dehesa de Quintanar es mayor que en el conjunto de montes de la comarca y es un caso único en toda España, y posiblemente en todos los bosques de pino silvestre europeos.

La mayoría de estos hornos no los han conocido funcionar nuestros ancianos. Por testimonios hablados de antepasados y por lo poco accesible de los sitios, sabemos que la mayoría de la pez la transportaban a la espalda. Los pezgueros de Quintanar iban hasta El Pinarcito de Neila,  Tierra Soria y el pantano de la Cuerda del Pozo con los burros, en caminatas interminables no exentas además de peligros y denuncias.

La pez se obtiene por cocción de la tea, extraída mayormente de “toconas” viejas con azadas de pica y limpiadas con hachos. La operación era tremendamente laboriosa y extenuante porque había que ir sacando todas las raíces de la tierra y sobre todo el hijato central y después tener suerte. Lo normal era sacar entre una o dos arrobas por tocona (15-25 Kilos). A veces también se cataban a hacho hasta “los corazones o palomos” de Triguera o el Empedrao: unos pinarros viejos y secos inmaderables que por eso estaban de pie. Si la cata era positiva, entonces se tumbaba el pino y se hacían “carchones” para bajar con el burro.

Era tal la alegría que daba cuando encontraban una tocona así, según relatan los ancianos pezgueros, que en lo que menos pensaban era en la paliza de dos o tres semanas de trabajo que se les avecinaba. De algunas se sabe que dieron más de una docena de cargas de burro, sobre todo por El Pinachal  y las cuerdas del Pitañal en Las Tablas.

Lo normal era que para una hornada de mil kilos se precisasen extraer entre cincuenta a cien toconas. También se obtenía pez de la leña teosa de las fábricas que los obreros apartaban, y con lo que sacaban de una venta hacían la “Merienda de las Fábricas” un día de agosto. La última hornada de que tenemos noticia fue en el hornito de las Tenás en el año 1.965.

Descripción de los pozos y método.

El horno constaba de tres pozos, aunque también los había de dos, hechos de piedra rejuntada. Estaban en pequeños o “testeros”, aprovechando desniveles, al lado de tierras arcillosas y arroyos, porque se necesitaba mucho agua para embarrarlos.

Al hacer el primer recalentón del horno, el barro se cuece y se queda firmemente pegado a las paredes, como un termo. En el horno propiamente dicho (que era el más grande y más alto porque tenía que entrar un hombre dentro), se ponían las teas cortadas en astillas de unos 15 cm por 5, y apiladas derechas para que escurriera la pez. Abajo las aguantaba una solera formada por tres tablas, justo encima del encañe de losas por donde discurría el líquido. Arriba se completaba con el “tasco”, que era una tea menuda del desperdicio. Se tapaba la boca del horno con unas losas pasaderas, algunas hojalatas para hacer la chimenea y se prendía. Jugando con el tiro de la chimenea se aumentaba o disminuía la temperatura de destilación. La tea iba esponjándose y “llorando”, vertiendo el alquitrán que caía a la “triyuela” alquitranera. Esta triyuela estaba completamente tapada con un vallerte de barro y encima céspedes para evitar la entrada del aire y sobre todo del agua, que hacía el mismo efecto que en el aceite hirviendo.

         Al tercer día se metía un palo para calibrar la pez obtenida y según la muesca que lo manchaba se sabía la suerte que había habido y se deducía el tamaño de “la artesa” o molde para hacer “los tercios” con el producto solidificado.

         Pero antes había que pasar el alquitrán con un cazo largo a otro pozo llamado “triyuela cocedera”, donde se prendía y se daba vueltas con un palo largo llamado “horguinero” y se removía para que no hiciese bombas.

         Esta operación era muy dura y peligrosa. Llegaba a coger tal fomento que, a veces, la boca cocedera vomitaba el líquido negruzco y profusión de pavesas al aire, de colores tenebrosos.

         Todos los horneros recuerdan este momento con especial emoción. Posteriormente, con otro palo provisto como de una candileja, se cogía un poco de muestra y se arrojaba al agua formando una especie de “hostia”. Se comprobaba el destello que hacía en el agua y se masticaba. Si se pegaba en los dientes, se volvía a remover y cocer hasta que quedaba como un chicle, que los niños solíamos masticar.

         Se pinchaba esta triyuela por el caño del fondo y la pez líquida caía a la artesa, donde previamente se había formado un lecho de “sarro” o cinarro sobre la que deslizaba y solidificaba. Este lugar del horno estaba situado en la parte más baja y tenía un techado, para que no cayese agua. A él solían venir muchos enfermos del pulmón de toda España, enviados por los médicos a beneficiarse de los vahos.

         Una vez sólido, se formaban “los tercios” que solían ser de unos sesenta-ochenta kilos. Para ello se colocaba un “palanco” que levantaba un poco la pez de una punta y luego con el hacho se daban unos cortes en los laterales y el centro hasta que arpaba y caía el tercio. Lo normal era poner un tercio a cada costado del burro atados con sogas, pero también tenemos noticias de ser transportados a espaldas de los hombres.

         El transporte de la tea también se hacía con burros, pero esto no estaba al alcance de todas las economías por lo que también era habitual con un “costal o talega” a la espalda, agarrado con un “brazil” de tela fuerte, a la cabeza. Los últimos grandes hornos que se apagaron a comienzos de los sesenta fueron El Hornito de las Tenás, Cañucar y Mataca, que además de los tres pozos reseñados tenían una casita donde se guardaban los utensilios comunales del horno gobernados por un cabezalero. Eran como cofradías sin normas escritas más que la costumbre y el sentido común. Lo normal era además que cada pezguero tuviera un chozito donde iba almacenando su tea y un picadero hasta que le tocaba el turno que se renovaba cada tres días. Para entonces tenía que tener preparada lo menos cien arrobas de tea, unos mil kilos, por lo menos un mes de trabajo. Sin perder tiempo, limpiaba las últimas ascuas de la hornada anterior y con un calor superior a los setenta grados, iniciaba un agotador apilado de teas que duraba medio día.

         No sólo no se podía perder tiempo porque los turnos eran ajustados; sobre todo, había que evitar que se enfriase el horno. Si la tea era de buena calidad, podía obtener hasta una cuarta parte de pez y si andaba bien de precio, podía ganar hasta el doble que un obrero en una fábrica. Pero lo normal es que para librarse de la especulación, aguantase los tercios en casa hasta que “la libreta” de los comercios o “la regla de muescas” con que el panadero controlaba el pan tenía demasiados apuntes. A veces, cuando vendían la pez, ya la tenían comida.

         La pez se usaba para botas y pellejos de vino pero, según nos cuentan los boteros de Salas, Covarrubias y Burgos, luego había que cocerla con cebollas y limones durante casi un día y guardarla en barriles con aceite de oliva para quitarle un sabor ácido. Según estos boteros, no había pez como la de Quintanar, pero los productos sintéticos derivados del petróleo la han sustituido por su comodidad. En opinión de éstos, si la botería hubiese sido una empresa próspera, posiblemente hubiese preferido pagar más por la pez de Quintanar. Era preferible a la de Segovia, fabricada en Zarzuela del Pinar, las Lastras de Cuellar o Moderuelo en Soria. Todavía hoy quedan algunos barriles de aquella época, que las monjas solicitan para ungüentos. No hay ningún quintanaro que alguna vez no haya cogido un hacho para sacar una tea, pero las cuadrillas familiares más importantes debemos citarlas, pidiendo perdón por algún posible olvido:

         -En el Hornito de las Tenás: Los Lechugas, Cárabos, Pachones, Moruchos, Canicosos, Odones.

         -En el Horno de Mataca: Los Chivos, Chimeneos, Canaliegos, Remenchas, Pistolas.

         -En el Horno de Cañucar: Los Chotos, Sandalios, Colomas, Gayaritos, Mirlas, Catarraños, Chiles, Patricios, el Vilda, el tío Maranga, el tío Ramiro y su mujer Andrea, el tío Lolo, Ratita, Pedro Chichones, Urbano, El Uva, Manoluco, el Bolo, Ladis Vacuco, Roque, Palanciano, Afrodisio, Manuel Retuerce, Andrés Matacucos, Miguelín de la Pinariega y tantos y tantos más, que casi podríamos escribir la lista vecinal de las suertes de pinos.

         Ahora puede parecernos una locura todo aquello, pero nuestros antepasados también les pegaron muchas patadas a los hongos, que hoy nos vuelven locos a nosotros. Y cuántos y cuántos secretos y materias primas esconde nuestro bosque, que a lo mejor en el futuro es lo más demandado por la sociedad.

         Entre ellas, posiblemente, más de treinta mil toconas, a un ritmo de unas diez mil por año, esperando a que lleguen los nuevos pezgueros.... o pudriéndose lentamente, según la ley de la sabia Naturaleza.

CLASIFICACIÓN DE LAS TEAS POR SU CALIDAD

1.- La Casillosa.  Proviene de pinos huecos. Entre veta y veta tiene bastante resina enteada. Abundante en Mataca y en El Parador.

2.- La Betiminuda o Beta Fina. Es amarillenta, sobre todo la del Pinarcito de Neila.

3.- La Jarriosa.  Es propia no sólo de la tocona sino también del tronco y la copa del pino.

4.- La Pedorreña. Saltadiza al cortarla y de menor calidad que las anteriores.

5.- La Almodragueña. Se desarrolla en las copas de los pinos junto con el Almuédrago.

6.- La de Catas.Es sorprendente porque la tocona se mantiene siempre verde y había que catarla para llegar a la tea.

7.- La Costruda. En general en ramas y copas de pinos viejos. Se localiza porque al exterior brotan gotas de resina que se llamaban moscas.

8.- La Raya.Proviniente de las deformaciones de la madera, no era muy apreciada.

9.- La Betagorda.Se diferencia de la bitiminuda porque entre vetas tenía madera que no era buena para el alquitrán.

10.- La de Pino Negral. En la tocona es de clase muy fina parecida a la casillosa, pero el alquitrán es de peor calidad.